Sobre Jaime Gil de Biedma y el amor

Sobre Jaime Gil de Biedma y el amor

SOBRE JAIME GIL DE BIEDMA Y EL AMOR

 
Jaime Gil de Biedma salía de su despacho en Tabacos Filipinas todos los días dispuesto al amor. Quizás un joven que lo mirara de reojo en algún pub de moda de la Barcelona de los 50; quizás su queridísima Bel [radiante, despeinada / por un viento solo tuyo] o en busca del amante gitano que lo esperó en casa durante un tiempo a la vuelta del trabajo. Pero siempre abierto, siempre abierto al amor.

Sin embargo, basta con leer algunos poemas de Gil de Biedma para percatarse de que en él reside una manera muy compleja y muy personal de entender el amor, que nace de un equilibrio entre la más absoluta soledad y la total entrega; cualquier sentimiento se intensifica hasta su límite en la vida y obra de Jaime:

Para saber del amor, para aprenderle
haber estado solo es necesario.
Y es necesario en cuatrocientas noches
-con cuatrocientos cuerpos diferentes-
haber hecho el amor.

Estos versos, procedentes de «Pandémica y Celeste», son solo una pequeña muestra de la vital importancia que las relaciones amorosas tenían en la vida de Gil de Biedma, que impulsaron gran parte de su creación poética, porque Jaime Gil de Biedma se enamoraba, se enamoraba hasta que le estallara el pecho, de cada persona con la que compartía cada pedazo de su intimidad:

¡Si yo no puedo desnudarme nunca,
si jamás he podido entrar en unos brazos
sin sentir —aunque sea nada más que un momento—
igual deslumbramiento que a los veinte años!

Para Jaime el amor se encontraba en cada gesto cotidiano de la vida, lejos de las exageraciones y grandilocuencias a las que el amor ha sido continuamente sometido, sus poemas nos presentan un amor sencillo, humano, plagado de errores y defectos, con el encanto que a veces muestra la mediocridad de este mismo amor, como en este «Vals de aniversario»:

Nada hay tan dulce como una habitación
para dos, cuando ya no nos queremos demasiado,
fuera de la ciudad, en un hotel tranquilo,
y parejas dudosas y algún niño con ganglios,
si no es esta ligera sensación
de irrealidad. Algo como el verano
en casa de mis padres, hace tiempo,
como viajes en tren por la noche. Te llamo
para decir que no te digo nada
que tú ya no conozcas, o si acaso
para besarte vagamente
los mismos labios.
Has dejado el balcón.
Ha oscurecido el cuarto
mientras que nos miramos tiernamente,
incómodos de no sentir el peso de tres años.
Todo es igual, parece
que no fue ayer. Y este sabor nostálgico,
que los silencios ponen en la boca,
posiblemente induce a equivocarnos
en nuestros sentimientos. Pero no
sin alguna reserva, porque por debajo
algo tira más fuerte y es (para decirlo
quizá de un modo menos inexacto)
difícil recordar que nos queremos,
si no es con cierta imprecisión, y el sábado,
que es hoy, queda tan cerca
de ayer a última hora y de pasado
mañana
por la mañana...

Y es que Jaime nos trae de la mano de sus poemas un amor real, un amor cotidiano precioso a la par que fragmentado y con fisuras, una mezcla imposible de pasión y ternura que eriza los vellos al más pintado.

Derivado de esa terrenalidad, también la importancia al amor por el cuerpo y la belleza. Enamorado de la sensualidad, Gil de Biedma recupera la idea platónica de llegar al alma a través del cuerpo. Esta es una idea tachada y desterrada en los últimos tiempos, pero el poeta rompe una lanza a su favor: primero es necesario adorar lo corporal, lo terrenal, ser consciente de la inevitable necesidad de amar los cuerpos para después ascender a un plano elevado casi cerca de lo celestial [Porque no es la impaciencia del buscador de orgasmo / quien me tira del cuerpo hacia otros cuerpos / a ser posible jóvenes: / Yo persigo también el dulce amor, / el tierno amor para dormir al lado…]. Esta dicotomía queda reflejada en el título del ya mencionado poema «Pandémica y celeste», que hace referencia tanto a Afrodita Pandemos (diosa del amor erótico) como a Afrodita Celeste (diosa del amor espiritual).

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La intensidad con la que Jaime Gil de Biedma vivió el amor lo llevó en muchas ocasiones al sufrimiento, eso es cierto. Estuvo sometido a una continua desaprobación social y, sobre todo, familiar, por sus relaciones con hombres; que le costó su puesto de trabajo y la buena relación con su padre, al que también después de muerto dedicó unos versos [¿Qué me agradeces, padre, acompañándome/ con esa confianza/ que entre los dos ha creado tu muerte?/ No puedes darme nada. No puedo darte nada/ por eso me entiendes]. Y cargó toda su vida con la culpa de la muerte de su queridísima Bel en un accidente, que lo llevó a intentar suicidarse [La parte de tu muerte que me doy, / la parte de tu muerte que yo puse/ de mi cosecha, cómo poder pagártela.../ Ni la parte de vida que tuvimos juntos].

Fue tal el papel que el amor jugó en el destino de Jaime Gil de Biedma, que, finalmente, lo llevó a la muerte a través de una enfermedad venérea a sus 60 años.

Sin embargo, a través de su poesía y su experiencia, Jaime Gil de Biedma nos dejó como legado una nueva y arriesgada visión del amor, como fuerza poderosísima y omnipresente; y nos invitó a vivirla lejos de prejuicios, tópicos y clásicas interpretaciones; nos puso ante los ojos la capacidad de amar plenamente y en libertad, sin miedos y sin reservas, con una entrega total, que es la única manera en la que se puede amar, como él se atrevió a hacer en su propia vida.

Por Inés de la Higuera Montejano

Foto principal: Jaime Gil de Biedma. Foto secundaria: El nacimiento de Venus, de Sandro Botticelli.

 

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