Leia, una nueva esperanza para Marcela

Leia, una nueva esperanza para Marcela

LEIA, UNA NUEVA ESPERANZA PARA MARCELA

 
Una parte de la infancia de muchos treintañeros (y de algunos más talluditos) murió el martes con Carrie Fisher. Una actriz de un solo papel, de un único personaje, la princesa Leia; un personaje único.

Único en la iconografía comercial de una generación que veía exclusivamente la épica y la heroicidad en modelos masculinos. Desde Conan el bárbaro hasta Indiana Jones, pasando por todas las tipologías de héroes habidas y por haber; a las mujeres solo les quedaba el reducto de la espera, ser objeto de un rescate y anhelar a su amado. Solo en el universo Marvel de la Patrulla X encontrábamos personajes femeninos con carácter propio; poco más… hasta que apareció la princesa menos princesa de toda aquella lejana galaxia.

Leia lideraba una insurgencia armada contra un poder terriblemente establecido en todos los sistemas de una galaxia. Daba órdenes, ideaba estrategias militares, planeaba sabotajes, usaba armas y, para colmo, acababa rescatando a sus rescatadores.

Un grano de arena (una nueva esperanza) en un desierto plagado de estereotipos femeninos cargados de sentimentalismos, debilidades y prejuicios rancios. Los personajes femeninos fuera del canon son minoría desde los relatos homéricos hasta nuestros días. Esto se debe principalmente a dos motivos:

  • La histórica mayoría de hombres creadores de ficción. Piensen, así, rápidamente, e intenten recordar cuántas directoras y guionistas de renombre conocen. Les apuesto lo que quieran a que no superan la decena.
  • La escasa publicidad u ocultación de modelos de mujer en los que basar personajes femeninos fuera del estereotipo dominante. Se me ocurre, por ejemplo, la poca repercusión en el mundo de la ciencia que tiene el nombre de Cecilia Payne; cuando sus descubrimientos sobre la composición de las estrellas supusieron una revolución para la astrofísica moderna. ¿Cuántos de ustedes la conocían? ¿Para cuándo una película sobre su vida?

Por eso resaltan los personajes como Leia, no por su feminismo de manual, pues también la princesa galáctica cae en algunos estereotipos; sino por su unicidad dentro de nuestro universo particular.

Si buceamos en otros campos como la literatura española, encontraremos también otros personajes inmensos y perdidos en la memoria colectiva. Uno de los menos comentados y más denostados es la pastora Marcela, personaje de El Quijote.

El caso de Marcela es quizás el más sangrante de todos. Estando inmersa en una de las obras más estudiadas de toda la historia, resulta curioso cómo el personaje más revolucionario de la obra que revolucionó la literatura queda relegado a un segundo plano. Un plano en el que solo algunos eruditos literarios le han dado (en ocasiones contadas) la importancia que merece.

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Marcela es una pastora de tal belleza que hace que muchos hombres pierdan literalmente la cabeza por ella. Cuenta Cervantes en su obra maestra cómo el noble Grisóstomo enloquece ante la hermosura y las negativas de la pastora a desposarse con él. El pretendiente no soporta más una vida sin Marcela, así que decide quitársela.

En esos momentos, don Alonso Quijano y su escudero Sancho Panza andan por la zona donde ocurrieron los hechos, y se topan con la comitiva fúnebre del pobre y desdichado Grisóstomo. En mitad de las exequias, aparece Marcela, harta de que la tachen de culpable por la muerte del joven; y lanza un alegato feminista, impropio y revolucionario para el siglo XVII, que dice así:

―Vengo ―respondió la pastora Marcela― para que sepáis que yo no soy culpable de la muerte de Grisóstomo. Atended todos. El cielo me hizo hermosa, y todo lo hermoso merece ser amado, pero no sé por qué he de verme yo obligada a amar a quien me ama. Yo nací libre, y para vivir libre escogí la soledad de los campos, donde he luchado por conservar mi honestidad, que es el adorno más hermoso del alma. A los que he enamorado con la vista, los he desengañado con mis palabras. Jamás di esperanzas a nadie, así que a Grisóstomo lo mató su insistencia, no mi crueldad. Yo no estaba obligada a corresponderle, y en ese mismo lugar donde ahora caváis su sepultura le dije que quería vivir en perpetua soledad. Si él insistió en navegar contra el viento, ¿qué culpa tengo yo de su naufragio? Que nadie me llame cruel ni homicida, porque yo nada prometo, nunca engaño y hasta ahora a nadir di palabra de amor. Yo soy libre y no quiero sujetarme a nadie.

Es tan claro como revolucionario. En su línea de hacer saltar por los aires todos los tópicos de la literatura de su tiempo, Cervantes pone en boca de una mujer una palabra prohibida hasta el momento para ellas: NO.

Negarse al sometimiento continuo de los deseos del hombre es erigirse como ser humano con voluntad y carácter propio. Negarse como revolución, como acto subversivo, como declaración de intenciones. Ustedes me dirán si este pasaje merece una mención aparte o, al menos, algo del bombo y platillo que acapara en exclusiva el episodio de los molinos.

Marcela no tiene (ni tendrá) la repercusión que merece. Sí es cierto que la princesa Leia ha disfrutado más de esa fama, pero no debemos olvidar que ella solo sigue la estela de Marcela y otras muchas otras que la antecedieron. Por todo esto y para que no caiga en saco roto la muerte de Carrie Fisher, hagamos memoria, rescatemos a las (pocas) heroínas del olvido y pongámoslas en el lugar en el que deben estar. Contemos, tanto a niños como a niñas, cómo una mujer lideró la rebelión que liberó a toda una galaxia, contémosles por qué decir NO es una revolución es sí misma.

Por Ignacio S. Arquillué

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