Miguel Hernández: un rayo que no cesa

Miguel Hernández: un rayo que no cesa

 

«Recordar a Miguel Hernández, que desapareció en la oscuridad, y recordarlo a plena luz es un deber de España, un deber de amor».

Pablo Neruda

 

Miguel Hernández nació en Orihuela un día como hoy de hace 106 años. Se dice pronto: algo más de un siglo ha pasado desde que uno de los más grandes poetas de España viera la luz, y, sin embargo, sus versos siguen resonando en nuestros oídos con una grandísima nitidez.

Nacido en el seno de una familia humilde, su temprana labor como pastor, a pesar de alejarlo de la escuela, no lo distanció de los libros y su afán por la poesía clásica, es más: Miguel Hernández se encontró consigo mismo y con la poesía probablemente en el mejor lugar en el que esto puede suceder: el campo, donde la sensibilidad del ser humano aflora de una manera muy especial, y que estará presente en muchos de sus poemas (Clavellina del valle que provocan tus piernas (…) Trémula zarzamora suavemente dentada / donde vivo arrojado).

Su amor por la lectura lo llevó a formar una tertulia literaria. En aquellas reuniones, él y algunos conocidos comenzaron a dar rienda suelta a sus inquietudes artísticas, y allí, además de empaparse de literatura, fue donde conoció a su preciadísimo compañero y amigo Ramón Sijé, cuya aparición marcaría su vida, y cuya muerte lo llevó a escribir su Elegía, uno de los poemas más bellos y desgarradores de toda su producción, en el que encontramos versos como los que siguen: Quiero escarbar la tierra con los dientes / quiero apartar la tierra parte a parte / a dentelladas secas y calientes. / Quiero minar la tierra hasta encontrarte / y besarte tu noble calavera / y desamordazarte y regresarte.

Tras la publicación de varios poemas en pequeñas revistas de Alicante, viajó a Madrid, donde pudo conocer la obra de los autores de la Generación del 27. Su aprendizaje en esta breve estancia lo ayudó a la creación de la que sería la primera de muchas obras que vinieron después: Perito en lunas (que tomó nombre de su octava «Horno y luna»: oh tú, perito en lunas, que yo sepa / qué luna es de mejor sabor y cepa), el primer eslabón de su carrera, tras cuya publicación se estableció definitivamente en la capital.

Fueron la salida de su pueblo y la agitación de Madrid las que comenzaron a mostrarle a Miguel Hernández una nueva realidad con la que se sintió completamente comprometido: la pluma de este poeta se transformaría entonces en arma combatiente contra desigualdades e injusticias sociales (Tened presente el hambre: recordad su pasado / turbio de capataces que pagaban en plomo. / Aquel jornal a precio de sangre cobrado / con yugos en el alma, con golpes en el lomo). El poeta continuaría su lucha yendo un paso más allá: con su decisión de alistarse en el bando republicano y en el Partido Comunista de España durante la Guerra Civil, hecho que le costaría un enfrentamiento a la censura y lo llevaría a pasar muchos meses en prisión. Durante su encierro recibió una carta de su mujer, Josefina, en la que ella le contaba que solo tenían pan y cebolla para comer. En respuesta a esta carta, Miguel Hernández compuso «Nanas de la cebolla», como consuelo a la familia que le esperaba (Vuela niño en la doble / luna del pecho / él, triste de cebolla, /tú satisfecho. / No te derrumbes, / no sepas lo que pasa / ni lo que ocurre).

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Cartilla militar del poeta, con la fecha de enrolamiento.

Todavía en prisión, la tuberculosis acabó lentamente con su vida. Enfermo, y sin haber podido ver la España en paz por la que tanto luchó, a los 31 años Miguel Hernández murió.

Decía Neruda que recordar a Miguel Hernández es un deber de España, un deber de amor. Y tenía razón. Recordarlo es la única manera de devolverle todo el amor y dedicación que él volcó en este país que, injusticia tras injusticia, mataba a su pueblo y lo sumía en una terrible oscuridad.

Recordarlo es la única manera de no olvidar que es posible la luz.

Desde Platero, queremos cerrar este pequeño homenaje a Miguel Hernández con unos versos que representan la labor que tratamos de llevar a cabo, iluminar a los alumnos con nuestras pequeñas dosis de amor y conocimiento:

«Tristes guerras
si no es amor la empresa.
Tristes. Tristes.

Tristes armas
si no son las palabras.»

Por Inés de la Higuera Montejano

Foto principal: versos de La Elegía a Ramón Sijé de Miguel Hernández, en la estación Miguel Hernández de Metro de Madrid. 

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